Barcelona
Carolingios
El período histórico de la ciudad bajo dependencia de la dinastía carolingia abarca desde la entrada a la ciudad de Ludovico Pío en 801 hasta la ofensiva dirigida por Almanzor en 985. El final de este período coincide con un declive importante del Imperio carolingio que, entre guerras internas, fue incapaz de controlar los territorios periféricos –o marcas–. La primera mitad de los prácticamente dos siglos que duró este periodo de dependencia del imperio franco, la ciudad restituyó las sedes de la mayoría cristiana y vivió con el constante temor de los ataques promovidos desde el Emirato de Córdoba. Ya a principios del siglo X el peligro descendió, y la ciudad se recluyó en sí misma. Este período más pacífico promovió una posterior apertura comercial y económica. A finales de siglo, la ciudad y el condado tendieron a un desligamiento hacia los francos mientras las relaciones con Córdoba y Roma fueron en aumento.
Tras la entrada solemne y pacífica en la ciudad el 28 de diciembre, Ludovico designó a un godo local, Bera, como conde (comes) de Barcelona. Recibió también el título de marqués al hacerse cargo del territorio fronterizo o marca (Marca Hispánica). El obispado pasó a depender de la sede metropolitana de Narbona. A pesar de estos cambios, la ciudad pudo mantener un régimen en el que se mantuvo el derecho propio visigodo. En 815, un ejército comandado por Ubayd Allah, tío de Al-Hakam I, se dispuso a conquistar la ciudad, pero antes de atacarla un ejército godo reclutado por Bera frustró el intento y obligó a los atacantes a retirarse. A la muerte de Odilón, conde de Gerona (que incluía los pagus de Besalú y Ampurias), Bera recibió el poder sobre esos territorios. Hacia 820 Bera y sus seguidores godos se sublevaron contra el poder carolingio, siendo finalmente depuesto y pasando sus territorios a manos del conde Rampón.
En 827 tropas musulmanas volvieron a asaltar la ciudad sin éxito. Sin embargo, varios años después, en 852, los musulmanes, probablemente bajo el mandato de Abd al-Karim ben Mugith tomaron la ciudad como represalia por la muerte a cargo de ciudadanos barceloneses de su aliado Guillermo de Septimania, enemigo de Alerán, conde durante la toma de la ciudad. Devastaron la ciudad durante la batalla, en la que Alerán debió morir en combate. De nuevo en 861, bajo el conde Hunifredo, tropas musulmanas atacaron Barcelona tras un tiempo de tregua. Conquistaron territorios próximos y asediaron la ciudad, aunque Hunifredo debió negociar y consiguió renovar la tregua –aunque bajo el consentimiento de Carlos el Calvo, rey de Francia–, que fue aceptada por Mohamed I, emir de Córdoba.
La unión del condado al Imperio carolingio ya estaba debilitada a finales de siglo. Tras ser depuesto el conde Bernardo II, el título lo recibió Wifredo I, llamado el Velloso (Guifré el Pilós), hijo de Sunifredo I, que también hubo poseído el título. Este cambio orientó el condado de nuevo a un linaje hispanogodo en lugar de franco. Al conde Wifredo a menudo se le pedía, fuera el obispo o la creciente comunidad ciudadana, un compromiso para su seguridad. Wifredo se mostró más interesado en los asuntos de poder que en la defensa ciudadana, y sus enemistades con los dirigentes de Lérida conllevó un ataque en 897 por parte del valí de esa ciudad Lop ibn Muhammad ibn Lop. Barcelona fue evacuada por la población civil debido al ataque, y el conde murió poco después contra el mismo valí en las inmediaciones de Navès. Tras Wifredo, el condado fue heredado por sus hijos Wifredo II Borrell y Suñer I, ya sin designación real franca. En 988, el hijo de Suñer, Borrell II hizo efectiva la independencia respecto a los reyes francos, y rehusó rendir vasallaje a Hugo Capeto, tras la nula ayuda que el anterior rey, Lotario, otorgó al condado para combatir el ataque de Almanzor.
Tras varias incursiones por otros reinos y condados cristianos del norte de la Península Ibérica, Almanzor arribó a las inmediaciones de Barcelona a finales de junio de 985. El primer día de julio, los musulmanes alcanzaron las murallas, que resistieron el feroz asedio hasta acceder a la ciudad el 6 de julio, tras 8 días de ataques intensos y acompañado por el bloqueo del puerto llevado a cabo por una importante flota dirigida por el almirante Abd al-Rahman ibn Rumahis. El objetivo de las campañas de Almanzor era doble: por un lado, sustraer dinero y posesiones valiosas y, por otro, someter a la población local, incluso convirtiendo algunos como esclavos, que fueron llevados a Córdoba, por los que tal vez poder exigir tributos a los cristianos. La ciudad fue saqueada y prendida en fuego, junto con los monasterios, iglesias y la catedral (aunque se pudieron conservar algunos documentos). Muchos de los habitantes de la ciudad o del condado que se protegieron entre las murallas fueron hechos prisioneros, esclavos o asesinados. La ocupación duró unos seis meses. Entre los prisioneros hubo ciudadanos ricos e importantes, como el vizconde Udalardo, el arcediano Arnulfo, el juez Orús y el mercader Marcús. Su rescate fue largo y difícil.
El condado era dirigido y gobernado directamente por el conde, que se ayudaba por un vizconde, mientras que las cuestiones de gobierno local de la ciudad las administraba un vicario o veguer, que también regía sobre el ámbito militar y la dirección de la policía. El obispo, que a menudo asumía la representación de la ciudad, se encargaba de los desvalidos y velaba por el cumplimiento de las capitulares condales. Hacia el 874 se halló en Santa María del Mar un cuerpo atribuido a santa Eulalia, y se trasladó el cuerpo a la catedral. La catedral paleocristiana del siglo IV fue restaurada tras la llegada de los francos, y en las obras intervino el obispo Frodoí (hacia el 877). Durante los aproximadamente dos siglos que duró la influencia carolingia en Barcelona, la ciudad contaba además de la catedral con las iglesias urbanas de Sant Just, Sant Miquel y Sant Jaume, además de las localizadas extramuros de Santa María del Pino, Santa María del Mar, Sant Julià de Montjuïc, el monasterio benedictino de San Pablo del Campo y de monjas benedictinas de San Pedro de las Puellas).
Los judíos formaban una comunidad importante que se asentaba en el Call, y disponían de un cementerio en Montjuïc. Ellos constituían un núcleo activo que se dedicaba a la medicina, el comercio, la pequeña industria, y potenciaron las relaciones con al-Ándalus. El ámbito marítimo estaba a manos de los cristianos, y se desarrolló comerciando entre varios puertos mediterráneos musulmanes.
El desarrollo de la agricultura en el llano de Barcelona se fraguó en la construcción, a mediados del siglo X –y seguramente por el conde Miró–, de dos canales de agua que dirigían las aguas del río Llobregat y del Besós a las inmediaciones de la ciudad: la del Besós era conocida como Rec Comtal o Regomir, y era paralela a la strata francisca, una vía que suponía una variante de la antigua Via Augusta romana, y que fue construida por los francos para aproximar mejor la ciudad al centro del imperio carolingio.
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